Creo que te quise desde que te conocí y tardé tres meses en entender que te necesitaba en mi vida, en saber que las mañanas eran menos malas, hacía menos frío, y ya no me importaba tanto el mundo.
Así que espero que entiendas que me vuelva a doler el pecho y sienta que el suelo desaparece cada vez que pienso en ti, en mi sin ti, en mi no contigo. Y es que nunca entendí cómo me pudiste calar tanto, tan profundo, en tan poco tiempo. Nunca entendí qué hiciste para que te lleve en las venas, en la médula de los huesos, en las cicatrices de mi pasado, debajo de la piel. Siempre supe que serías casa, felicidad y seguridad; paciencia, preocupación y humor. Lo que no sabía es que también encontraría orgullo en cantidades prohibidas, y que olvidaría que antes de ser mi compañero de vida, tienes testosterona recorriendo tus venas y por lo tanto son característica indispensable las turbulencias y los cielos grises avecinando tormenta.
Tendría que sacar un máster en meteorología
otro en adivinación
para saber cuando parar el tiempo
y decirte todo lo que nunca te he dicho
y besarte todo lo que nunca te he besado,
y después
contar el porqué
de cada una de tus cicatrices
mientras memorizo de todas las formas posibles, al igual que hacen los ciegos,
la curva de tus labios
los hoyuelos que se te forman cuando sonríes
la forma de tu cuello
y después
pedirte perdón
decirte adiós
y darte las gracias por dejarme ser yo
contigo,
y por ser contigo
mi mejor versión.
Y aunque sé que mis futuros no son contigo, no puedo evitar echarte de menos, y a pesar de tener frío, hace 24 grados y hoy fui feliz.