Un día te das cuenta, el tiempo ha pasado y sigues en el mismo lugar de siempre, con todo lo que eso conlleva, sigues teniéndole miedo a las despedidas, o mejor dicho, a que no las haya, y a que se vayan sin avisar, como una forma de decir "gracias por todo" pero sin el gracias. Y te dejan con cosas que decir, con unos cuantos recuerdos, pero sobre todo de "eh, ven, que te echo de menos" que sabes que no vale la pena pronunciar. Y puede ser por eso, por ese "eh, ven, que te echo de menos" silencioso por lo que no nos vamos, porque seguimos con la esperanza de que, algún día, decidan volver.
Y seguiremos siendo las mismas coordenadas de un mapa en el que no sabemos encontrarnos, en el que te preguntas por qué y hasta cuándo, y a lo mejor, lo mejor es no saber la respuesta. O que me estoy volviendo loca, que parece ser lo más probable, acostumbrada a que me disparen y decir que no me ha dolido cuando me estoy desangrando, a hacer el tonto esperando a que me reconstruyan, cuando en realidad no hacía falta, ya me he reconstruido yo. Porque ya sé que es bonito, o llámalo amor, que alguien te haga y luego cure las heridas, pero nadie habla de las cicatrices que quedan, y no se ven. Y luego pesan, y se transforman en pesadillas de los domingos o en miradas perdidas de un lunes.Y no hablo de recuerdos, acordaros, si no de algo mucho más fuerte, cicatrices.
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