jueves, 1 de mayo de 2014

¿Qué hijo de puta nos robará este año el mes de abril?

A mí nadie. O eso creía.

Me robó el mes de abril, como lo llevaba haciendo mucho tiempo. Y supongo que de alguna forma siempre fue suyo, al igual que el de mayo siempre fue mío. Pero se fue, sin antes, ni siquiera, haber vuelto. Y de alguna forma es mejor así, o eso dicen. Y es cierto, pero sigues queriendo que se quede, aún cuando sabes que es mejor que siga donde está. Porque esta vez no quedan excusas, ni nada por decir, y el orgullo también puede ser tu mejor amigo aunque a veces te mate. Y a mí, la ausencia de él hace mucho que me hace daño, así que nos vestimos con un poco de orgullo, y tanteamos todo desde la distancia, porque si vamos a tirarnos al precipicio por alguien, queremos hacerlo por alguien que sepa llorarnos, o que al menos lo intente. 

Y que pena que las cicatrices más bonitas procedan de las hostias que no sabíamos que nos daríamos, y yo tengo una en el pecho, debajo de la piel, que lleva tatuada tu nombre. Se abre cada vez que llamas a la puerta y te quedas en el umbral, como decidiendo si entrar o no, y al mismo tiempo, sabiendo que lo que más quieres es hacerlo. Pero no lo haces, y te ríes de la que después de todo sigue teniendo un hueco que no puede llenar ni con unos brazos nuevos.    
Sigo con la esperanza de que algún día se cierre todo, puede que por eso me gusta tanto el verde. 
El color de la esperanza.








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